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Última actualización: 30.09.2002


Hola, ¿cómo andan? Yo estoy metido en un quilombo padre. Hace días que mi único contacto con el exterior es este medio. Estoy atrapado. Casi secuestrado podría decir para usar un término tan tristemente de moda. Les quiero contar con detalles, para que vean mi triste destino y descargarme un poco. Aunque en realidad, ya se lo conté en un mail a mi psicólogo, el Doc. Samson. Miren, para no escribir lo mismo dos veces, les pego partes del texto que le envié a él.

>Sí, Doc., no puedo resistir ni rendirme. Sigo yendo al Parque Rivadavia. Aunque los puestos con CDs truchos de Playstation me irriten y los que venden muñecos descuajaringados me sulfuren, aunque la gloria ya no esté y todo tenga un olor a lástima de viejos triunfos abandonados arriba de un armario, a injusta naftalina y derrota, aunque el tute de los comiqueros haya muerto y los buitres vuelen por sobre la carroña, a pesar de todo, yo sigo yendo<
-Ayer cuando escribí este mail estaba poético y melancólico, terminaba de leer Moonshadow en portugués, sepan disculpar-
>El domingo me desperté temprano, me bañé, me afeité la cabeza, me puse loción After Xavier y me fui hasta la parada del bondi. Llegué al Parque y era un mundo de gente. Caminaba por los angostos pasillos con olor a El Gráfico del '64 y en eso, me topo con Gambit. Pero no, no vaya a creer que tengo un amigo con ese apodo, ni era alguien parecido. Y no, no estoy tan loco que veo personajes en la realidad. Todavía no. Era una remera con la ilustración del mutante. Pero la remera era grandota, con lugar para todos los X-Men de la era Jim Lee. El franchute tenía la cara medio estirada, ensanchada como dibujada por un Alan Davis primerizo. Era que la presión de la figura de la dueña de la remera obligaba a la imagen a sufrir un estiramiento. Me mira y la miro. No era fea mina, pero a decir verdad tenía poco de Jean Grey y mucho de Blob. Ella se sonrió y me dijo algo sobre mi remera de Bone. Éramos dos comiqueros en medio de la masa de gente que buscaba textos baratos, CDs piratas de Bandana, nuevas misiones para el Counter Strike o cartas de Pokémon de algún incauto desesperado. Nos miramos y supimos de inmediato que éramos los únicos que entendíamos el sentimiento de nuestros personajes, éramos los perdidos sobrevivientes de un naufragio que nos volvíamos a encontrar en un océano de desesperación. Vi en ella una tabla para flotar en medio de mi hundimiento, y tremenda tabla era. Me mostró que había conseguido una de Novaro de los Campeones de la Justicia en la que Metamorfo rechaza la membresía y una Kamandi de Kirby en inglés bastante rara. Juntos volvimos a recorrer los puestos de videos truchos, libros roñosos y revistas de modas de la década del setenta comidas por las ratas, esquivando olorosos vendedores ambulantes. Me mostró dónde había encontrado su botín, pero ya no quedaba gran cosa. Me compré una Firestorm de Ostrander sin ganchitos y un número de Fierro cercano al 100 que me faltaba<
>En eso me tira: "¿Querés venir a casa?". Todavía envuelto en el embrujo de charlar de cómics con una chica, y ante la promesa de una biblioteca muy bien surtida acepté. Caminamos unas cuadras alejándonos de Rivadavia hacia el Sur, charlando de la Legión y Asterix. Por momentos me olvidaba del sexo, de la belleza y del tonelaje. Éramos dos comiqueros compartiendo nuestros mundos como antes de la hecatombe. Faltaban unas decenas de Oberto-zombis disfrazados, un batimóvil trucho, la música de Evangelion de fondo, y estábamos en ExpoComic<
>Era un sueño hecho realidad, Doc. La emoción me embargaba como Forum a Ficción. Tenía ante mí la biblioteca de Alejandría. Era casi como si Galaxia Cómics tuviera todo su catálogo junto en una pieza. Le juro que nunca me había sentido tan abrumado por toneladas de papel impreso. Era el paraíso. Aparentemente los padres de la gorda viajaban mucho por negocios, y no sólo tenían plata, sino que le traían regalos de todos lados. Ante mí desfilaban Varitechs, estatuillas de resina, pósters, action figures, pins, y cómics, cientos de miles de cómics<
>Así como al pasar, Florencia me dice: "¿Viste lo que tengo en esta caja?" Doc., usted no sabe mi emoción. Era como Indiana Jones abriendo el Arca. Sacó el Breccia Negro de Récord en perfecto estado, las Hora Cero originales con El Eternauta, un libro de Alcatena editado en Francia tapa dura impresionante, la colección completa de Comiqueando fanzine...<
-y no sigo para no desesperarlos. Pero se imaginan el botín que tenía en mis manos-
>En eso me dice: "Y esta caja todavía no la abrí, pero me la mandó mi viejo de Los Ángeles antes de ayer". Estados Unidos, cómics nuevos, temblé de emoción. Me caía la baba, estaba como loco, apretaba los dientes como personaje de Liefeld. Iba a abalanzarme sobre la caja, cuando Big Bertha se me interpuso en el medio. Yo ni me había dado cuenta, pero ahora estaba vestida con una remera más amplia que la anterior, blanca, con un dibujo de La Sirenita estampado. Pero era lo único que tenía puesto. Se imaginan mi horror. Su sonrisa lo decía todo. A pasos míos estaban las novedades americanas que tanto ansiaba, pero ella tenía otra idea en mente. La miré tratando de convencerme de que no era tan trágico ceder a los placeres de la carne (y la grasa) para lograr el objetivo, pero... No era fea, pero ella quería una cosa y yo otra. Cómo explicarle que con tantos cómics sin leer cerca yo no podría concentrarme. Cómo convencerla de que mi mente estaba completamente excitada por otra cosa totalmente ajena al sexo.
"Bueno, todo bien- dice ella- te entiendo. Te puedo esperar todo lo que quieras. Sacáte esa calentura y después solucionamos la mía". Mire, Doc., por un lado, la felicidad me desfiguraba la cara como a Plastic Man, pero por el otro, adivinaba en mi futuro las más inverosímiles atrocidades. Florencia me mostró una llave y me dijo: "Quedate acá todo el tiempo que quieras. Yo te paso comida y allá tenés un bañito. Pero la única salida es por mi dormitorio. Cuando estés listo, golpeá. Yo te voy a estar esperando. Tengo todas las temporadas de X-Files para mirar". Y me tiró un beso, salió de la pieza y cerró con llave. Ahora ya es jueves de la otra semana y sigo cautivo. He leído cómics que no sabía ni que existían. He leído basura en danés y releído revistas mutiladas por la traducción al portugués de Abril. Las horas pasan y yo sigo encontrando cosas para leer. Me empaché con toneladas de novedades yanquis que jamás pensé que siquiera vería de lejos. El placer es tremendo. Pero también el miedo. No sé si usted puede entenderme<
- no sé si ustedes pueden entenderme. Soy prisionero de mi vicio y de mi temor. No tengo el valor para enfrentar a la gorda ni después de leer las obras completas de Manara y los TPs de Tomb Rider-
>¿Qué hago, Doc.? Ella está conectada a internet todo el día, pero en algún momento yo logro meterme a través de esta computadora. Mándeme su respuesta. Necesito su ayuda. No quiero que nadie se preocupe y llame a la policía, pero de alguna manera esto es un secuestro<
- A ustedes, mis compañeros comiqueros, les pido tranquilidad. A los temerosos, no le huyan a las mujeres comiqueras feas. A los más osados, no busquen a la gorda Florencia para leer novedades. No vale la pena. O quizás sí. La comida es buena, material de lectura no me falta. Pero el precio puede ser muy alto. ¿Ustedes qué harían? Ayúdenme con sus consejos. Por la Biblioteca de Lucien de cómics, ¿pagarían con imágenes de Habba el Hutt desnudo y caliente, con ustedes revolcándose entre los pliegues de su cuerpo por el resto de sus días? Escríbanme pronto!


Aterrado, Marcos Viñeta.