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Hola, ¿cómo
andan? Yo estoy metido en un quilombo padre. Hace
días que mi único contacto con el
exterior es este medio. Estoy atrapado. Casi secuestrado
podría decir para usar un término
tan tristemente de moda. Les quiero contar con
detalles, para que vean mi triste destino y descargarme
un poco. Aunque en realidad, ya se lo conté
en un mail a mi psicólogo, el Doc. Samson.
Miren, para no escribir lo mismo dos veces, les
pego partes del texto que le envié a él.
>Sí, Doc., no puedo resistir ni rendirme.
Sigo yendo al Parque Rivadavia. Aunque
los puestos con CDs truchos de Playstation
me irriten y los que venden muñecos descuajaringados
me sulfuren, aunque la gloria ya no esté
y todo tenga un olor a lástima de viejos
triunfos abandonados arriba de un armario, a injusta
naftalina y derrota, aunque el tute de los comiqueros
haya muerto y los buitres vuelen por sobre la
carroña, a pesar de todo, yo sigo yendo<
-Ayer cuando
escribí este mail estaba poético
y melancólico, terminaba de leer Moonshadow
en portugués, sepan disculpar-
>El domingo me desperté temprano, me
bañé, me afeité la cabeza,
me puse loción After Xavier
y me fui hasta la parada del bondi. Llegué
al Parque y era un mundo de gente. Caminaba por
los angostos pasillos con olor a El Gráfico
del '64 y en eso, me topo con Gambit.
Pero no, no vaya a creer que tengo un amigo con
ese apodo, ni era alguien parecido. Y no, no estoy
tan loco que veo personajes en la realidad. Todavía
no. Era una remera con la ilustración del
mutante. Pero la remera era grandota, con lugar
para todos los X-Men de la era
Jim Lee. El franchute tenía
la cara medio estirada, ensanchada como dibujada
por un Alan Davis primerizo.
Era que la presión de la figura de la dueña
de la remera obligaba a la imagen a sufrir un
estiramiento. Me mira y la miro. No era fea mina,
pero a decir verdad tenía poco de Jean
Grey y mucho de Blob.
Ella se sonrió y me dijo algo sobre mi
remera de Bone. Éramos
dos comiqueros en medio de la masa de gente que
buscaba textos baratos, CDs piratas de Bandana,
nuevas misiones para el Counter Strike
o cartas de Pokémon de
algún incauto desesperado. Nos miramos
y supimos de inmediato que éramos los únicos
que entendíamos el sentimiento de nuestros
personajes, éramos los perdidos sobrevivientes
de un naufragio que nos volvíamos a encontrar
en un océano de desesperación. Vi
en ella una tabla para flotar en medio de mi hundimiento,
y tremenda tabla era. Me mostró que había
conseguido una de Novaro de los
Campeones de la Justicia en la
que Metamorfo rechaza la membresía
y una Kamandi de Kirby
en inglés bastante rara. Juntos volvimos
a recorrer los puestos de videos truchos, libros
roñosos y revistas de modas de la década
del setenta comidas por las ratas, esquivando
olorosos vendedores ambulantes. Me mostró
dónde había encontrado su botín,
pero ya no quedaba gran cosa. Me compré
una Firestorm de Ostrander
sin ganchitos y un número de Fierro
cercano al 100 que me faltaba<
>En eso me tira: "¿Querés
venir a casa?". Todavía envuelto
en el embrujo de charlar de cómics con
una chica, y ante la promesa de una biblioteca
muy bien surtida acepté. Caminamos unas
cuadras alejándonos de Rivadavia hacia
el Sur, charlando de la Legión
y Asterix. Por momentos me olvidaba
del sexo, de la belleza y del tonelaje. Éramos
dos comiqueros compartiendo nuestros mundos como
antes de la hecatombe. Faltaban unas decenas de
Oberto-zombis disfrazados, un batimóvil
trucho, la música de Evangelion
de fondo, y estábamos en ExpoComic<
>Era un sueño hecho realidad, Doc. La
emoción me embargaba como Forum
a Ficción. Tenía
ante mí la biblioteca de Alejandría.
Era casi como si Galaxia Cómics
tuviera todo su catálogo junto en una pieza.
Le juro que nunca me había sentido tan
abrumado por toneladas de papel impreso. Era el
paraíso. Aparentemente los padres de la
gorda viajaban mucho por negocios, y no sólo
tenían plata, sino que le traían
regalos de todos lados. Ante mí desfilaban
Varitechs, estatuillas de resina,
pósters, action figures, pins, y cómics,
cientos de miles de cómics<
>Así como al pasar, Florencia
me dice: "¿Viste lo que tengo
en esta caja?" Doc., usted no sabe mi
emoción. Era como Indiana Jones
abriendo el Arca. Sacó el Breccia
Negro de Récord
en perfecto estado, las Hora Cero
originales con El Eternauta,
un libro de Alcatena editado
en Francia tapa dura impresionante, la colección
completa de Comiqueando fanzine...<
-y no sigo para
no desesperarlos. Pero se imaginan el botín
que tenía en mis manos-
>En eso me dice: "Y esta caja todavía
no la abrí, pero me la mandó mi
viejo de Los Ángeles antes de ayer".
Estados Unidos, cómics nuevos, temblé
de emoción. Me caía la baba, estaba
como loco, apretaba los dientes como personaje
de Liefeld. Iba a abalanzarme
sobre la caja, cuando Big Bertha
se me interpuso en el medio. Yo ni me había
dado cuenta, pero ahora estaba vestida con una
remera más amplia que la anterior, blanca,
con un dibujo de La Sirenita
estampado. Pero era lo único que tenía
puesto. Se imaginan mi horror. Su sonrisa lo decía
todo. A pasos míos estaban las novedades
americanas que tanto ansiaba, pero ella tenía
otra idea en mente. La miré tratando de
convencerme de que no era tan trágico ceder
a los placeres de la carne (y la grasa) para lograr
el objetivo, pero... No era fea, pero ella quería
una cosa y yo otra. Cómo explicarle que
con tantos cómics sin leer cerca yo no
podría concentrarme. Cómo convencerla
de que mi mente estaba completamente excitada
por otra cosa totalmente ajena al sexo.
"Bueno, todo bien- dice ella- te
entiendo. Te puedo esperar todo lo que quieras.
Sacáte esa calentura y después solucionamos
la mía". Mire, Doc., por un lado,
la felicidad me desfiguraba la cara como a Plastic
Man, pero por el otro, adivinaba en mi
futuro las más inverosímiles atrocidades.
Florencia me mostró una llave y me dijo:
"Quedate acá todo el tiempo que
quieras. Yo te paso comida y allá tenés
un bañito. Pero la única salida
es por mi dormitorio. Cuando estés listo,
golpeá. Yo te voy a estar esperando. Tengo
todas las temporadas de X-Files
para mirar". Y me tiró un beso,
salió de la pieza y cerró con llave.
Ahora ya es jueves de la otra semana y sigo cautivo.
He leído cómics que no sabía
ni que existían. He leído basura
en danés y releído revistas mutiladas
por la traducción al portugués de
Abril. Las horas pasan y yo sigo
encontrando cosas para leer. Me empaché
con toneladas de novedades yanquis que jamás
pensé que siquiera vería de lejos.
El placer es tremendo. Pero también el
miedo. No sé si usted puede entenderme<
- no sé
si ustedes pueden entenderme. Soy prisionero de
mi vicio y de mi temor. No tengo el valor para
enfrentar a la gorda ni después de leer
las obras completas de Manara
y los TPs de Tomb Rider-
>¿Qué hago, Doc.? Ella está
conectada a internet todo el día, pero
en algún momento yo logro meterme a través
de esta computadora. Mándeme su respuesta.
Necesito su ayuda. No quiero que nadie se preocupe
y llame a la policía, pero de alguna manera
esto es un secuestro<
- A ustedes, mis compañeros comiqueros,
les pido tranquilidad. A los temerosos, no le
huyan a las mujeres comiqueras feas. A los más
osados, no busquen a la gorda Florencia para leer
novedades. No vale la pena. O quizás sí.
La comida es buena, material de lectura no me
falta. Pero el precio puede ser muy alto. ¿Ustedes
qué harían? Ayúdenme con
sus consejos. Por la Biblioteca de Lucien
de cómics, ¿pagarían con
imágenes de Habba el Hutt
desnudo y caliente, con ustedes revolcándose
entre los pliegues de su cuerpo por el resto de
sus días? Escríbanme pronto!
Aterrado, Marcos Viñeta.
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